Saturday, September 26, 2015

Y entonces: marchar.

Hace unos años pregunté a los adultos de mi vida qué habían hecho en el 68. Quería saber cómo un movimiento que afectó a tantos mundialmente y que causó tanto dolor en nuestro país, influyó en ellos. Mi propio entendimiento de la vida, del país, de la política, la sociedad y mi papel en ella cambió el día que supe que vivo en un mundo donde los que deberían preocuparse por el beneficio de todos, solo lo hacen por el suyo propio. Y entonces, llegó el miedo.
Miedo a involucrarse en las decisiones legales, de entender a los actores políticos, de hacer algo por el mundo. ¿Quién podría estar tan loco como para querer hacerlo? ¿No entendían el peligro de involucrarse? ¿De desaparecer sin dejar rastro para ser encontrados? ¿De morir en una plaza, de no ser nombrados, de nunca aparecer en un periódico? De ser olvidados.

Hace dos años decidí que era momento de involucrarme, de intentar entender el funcionamiento podrido de este lugar aunque diera asco asomar la nariz en tal hediondez. La situación local dejó de ser ideal hace tanto: no es normal faltar al trabajo por los camiones en llamas en la calle, o encontrar camionetas llenas de cuerpos torturados. Había que hacerlo, había que salir y aprender a marchar, a gritar entre extraños que "somos todos". A decidir y exigir. Y entonces, los 43.

Para ese momento ya era demasiado tarde, tenía los pies en el lodo y no había camino hacia atrás. Comenzaron las marchas, a las que siempre tuve terror de ir, a las que respetaba pero veía desde la pantalla y de las que participaba solo como escucha en la crónica del día. Es verdad que marchar no impresiona a aquellos que lejanos de la calle deciden el día a día de la población. Mil personas a grito abierto rogando, exigiendo justicia; esos cantos no ablandan el corazón de políticos ni empresarios. Marchar, en su simple ejercicio, no cambia nada y aún así, cambia todo. Reunirse con mil personas, extraños de todo tipo y repetir a pulmón lleno que necesitamos hacer una diferencia, que aclamamos respuestas, acciones, decisiones.

Los adultos en mi vida no supieron qué responder; la situación no creció por completo en sus ciudades, estaban pasando una temporada fuera del país, no eran estudiantes universitarios y el movimiento carecía de importancia para ellos. En pocas palabras, no estuvieron. Honestamente, mi espíritu joven se sintió decepcionado cuando descubrió que no habría grandes anécdotas que escuchar. Sin embargo, lo que realmente importa es el desfase que existe en la percepción de la realidad. De que las cosas le pasan a otros y no a nosotros. De no estar.

Es imposible asistir a cada marcha, gritar todos los cantos, quedarse siempre hasta el final. Lo que no debemos dejar pasar es la oportunidad de estar presentes. De involucrarnos de alguna manera en situaciones en las que de manera obvia o no, ya estamos envueltos.
Hoy hacía demasiado calor, no quería estar sola durante la marcha, podría haberme quedado en casa durmiendo y luego pensé que sería una tristeza que en unos días o años, cuando alguien me pregunte si salí a exigir, a gritar, a marchar por alguien más y por nuestro presente, dijera que no.

Hasta que sales a la calle no lo sabes: Lo que cambia en una marcha, sin duda, es uno mismo.

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